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Los smart sensors o sensores inteligentes son dispositivos capaces de recopilar información del entorno y transmitir datos en tiempo real. Estas tecnologías son fundamentales en las smart cities, la eficiencia energética y el Internet de las Cosas (IoT)
Los Smart Sensors son el principio de una Smart City y la base de su funcionamiento. En una ciudad inteligente los sensores inteligentes están repartidos por toda la ciudad y proporcionan la información a las administraciones públicas o directamente al ciudadano a través de wifi y a tiempo real.
Por lo tanto, en una Smart City cualquier ciudadano puede consultar el dato que necesite a través de algún dispositivo electrónico. Así, toda la ciudad puede estar conectada, y sus ciudadanos también.
Hay muchos y variados tipos de sensores, que controlan desde el tráfico y el estacionamiento, hasta los niveles de polen o de CO2 que hay en la ciudad.
Existen varios tipos de sensores inteligentes que pueden estar presentes en las Smart Cities. Los más comunes y que proporcionan la información más relevante son:
El sensor de aparcamiento facilita la fluidez del tráfico dentro de las ciudades, evitando así que los automóviles estén dando vueltas en busca de aparcamiento.
Los sensores de tráfico informan a los ciudadanos y a las administraciones públicas sobre el estado del tráfico, posibles incidencias y, poder elegir, por tanto, la ruta de menor congestión. También contribuyen al manejo telemático de los semáforos, las vallas o puentes elevadores.
Los sensores de humedad contribuyen a la gestión de parques y jardines públicos, haciendo que el regado sea cuando realmente la tierra lo necesite y durante el tiempo justo. Cuando el sensor detecte la humedad adecuada de la tierra, los aspersores dejarán de regar el espacio. Estos sensores pueden ajustar el riego y así ahorrar agua y energía.
El sensor de luz es uno de los más comunes. Este detecta si se hace de noche o amanece o si la ciudad necesita más luz o menos a causa del tiempo. El sensor de luz hace que el alumbrado público se encienda o apague, en función de la luz natural que hay en la ciudad.
En el alumbrado público de una Smart City también se pueden instalar sensores de paso. Los sensores de paso hacen que el alumbrado público permanezca con una luz tenue hasta que detecte el paso de algún vehículo o peatón. Es en ese momento cuando la luz del alumbrado por esa zona se intensificará hasta que deje de detectar el paso del vehículo o peatón.
Con los sensores meteorológicos se monitorizan los parámetros ambientales. Miden la calidad del aire, la calidad del agua, el ruido, la humedad, la temperatura y la concentración de polen, entre otros.
Por su parte los sensores de contaminación miden otras variables medioambientales, como la concentración de CO2 y de las partículas en suspensión.
Estos sensores ayudan a optimizar la recogida de residuos. Sirven para avisar cuando los contenedores están llenos y planificar así la retirada de los residuos según las necesidades reales de la ciudad. Este hecho hace que las rutas de recogida de basura sean más eficaces.
Tienen la función de concienciar al ciudadano sobre el consumo que hace de estos dos recursos para que mejoren sus hábitos hacia el ahorro energético. Los sensores de control de consumo interactúan con algún dispositivo donde se refleja la lectura real mismo.
Estos sensores son los que hacen que la red eléctrica de la Smart City sea inteligente, avisando de las incidencias que se producen a lo largo de la red eléctrica, de los datos de consumo o de la meteorología (estos últimos para prevenir posibles incidencias a causa de algún fenómeno climático).
Aunque los smart sensors ofrecen grandes beneficios para la gestión de las ciudades, también plantean desafíos.
El primero es la privacidad de los datos: los sensores recogen información continuamente sobre el comportamiento de los ciudadanos: por dónde caminan, a qué hora aparcan el coche, cuánta electricidad consumen. Es fundamental que esta información esté protegida y que su uso esté regulado por las administraciones públicas para evitar usos no autorizados.
El segundo reto es el mantenimiento y la obsolescencia: una red de sensores extendida por toda una ciudad requiere un mantenimiento constante. Los sensores pueden estropearse, quedar desfasados tecnológicamente o dejar de funcionar, lo que puede generar datos erróneos si no se gestionan bien.
Por último, está la ciberseguridad: una ciudad que depende de sensores conectados en red es también una ciudad que puede ser vulnerable a ataques informáticos. Garantizar la seguridad de estas redes es uno de los principales retos de las Smart Cities actuales.
En principio sí, aunque el coste de la infraestructura y la necesidad de conectividad (red de fibra óptica o 5G) pueden ser una barrera para municipios pequeños. Existen proyectos europeos que financian la instalación de sensores en ciudades medianas como parte de iniciativas de transformación digital.
La mayoría de los sensores inteligentes necesitan conectividad para transmitir los datos en tiempo real. Sin embargo, algunos modelos pueden almacenar la información localmente y enviarla de forma diferida cuando recuperan la conexión.
Un sensor convencional simplemente detecta y mide una variable (temperatura, luz, humedad). Un smart sensor, además, procesa esa información, la transmite de forma autónoma y puede integrarse con otros sistemas para tomar decisiones automáticas, como encender o apagar el alumbrado público.